PARAR LA OLLA.

En el pasado no era como es ahora en que hay muchos medios para combatir a los insectos, y en especial a los domésticos como las cucarachas, como las moscas, como las mosquitas, y como tantos otros que abundan en algunas regiones.

¿Cómo la gente de aquellos tiempos casi olvidados  se defendía de todos estos bichos cargosos?

Cuando no la usaban, daban vuelta la olla para que los insectos no se pudieran meter en la parte de  adentro del recipiente.

 Por por lo general había una o dos ollas, y no más.  

En esos tiempos, me refiero a los primeros años del siglo XX,   la gente se solía abastecer de alimento en el fondo de sus casas donde solía existir una huerta, tal vez un poco de maíz, papas, un corral con gallinas, con patos y con otras aves, una conejera, un carro, a veces una vaca lechera, o cabras, y uno o dos caballos más árboles frutales y de los otros.

 

Por supuesto, un refugio para los perros o el perro. En casi todas las casas era habitual que existieran gatos, perros, y en algunos casos, hasta pajareras con canarios cantores,  con cotorras, con algún loro hablador.

Pero ya existían algunas carnicerías donde además se vendían verduras, y almacenes muy bien provistos de todo lo necesario, ya fuera producido en el país, ya fuera importado de Europa, que por lo general era atendidos por inmigrantes españoles, un personaje conocido como el gallego o la gallega.

No había supermercados; pero sí algunas ferias al aire libre, y alguno que otro mercado.

Cuando era la hora de cocinar a la olla o a las ollas las daban vuelta, es decir LAS PARABAN sobre la leña o sobre la hornalla de la cocina a carbón.

PARAR  LA OLLA significaba que había algo que comer, por lo común un puchero sustancioso hecho con hortalizas, vegetales, carne de ave o de vaca, etc. Cuando comían, comían bien.

En la casa de mi abuelita había una de estas cocinas a carbón y leña, por lo que la recuerdo muy bien, ya que algunos días viví en esa casa.

La cocina era metálica y de color negro.

Supongo que el color negro era para disimular las manchas del hollín que es negro.

Lo más molesto era cortar la leña, por lo que solía haber a mano un hacha.

También en esa casa había un corredor que comunicaba el frente con el fondo donde estaba la huerta, el corral con las gallinas ponedoras de huevos, algunos árboles frutales, y en tiempos anteriores supongo que uno o dos caballos, y uno o dos carros tanto para transporte de carga como para pasajeros.

¡Qué tiempos aquéllos! 

¡El aire era puro! Pero el frío se hacía sentir porque no existía la calefacción salvo algún hogar a leña donde hubiese chimenea.

Uno de los oficios era el  de deshollinador, es decir que había  un hombre totalmente verstido de negro que cada tanto limpiaba las chimeneas de la ciudad para quitar el exceso de hollín.  

Me acuerdo de uno de estos hombres que usaba una velocipedo o bicicleta para trasladarse por el barrio. Hasta el sombrero que usaba para protegerse del Sol era negro. Y llevaba en la mano un cepillo largo negro como si fuese su espada.

En verano para refrescarse  la gente solía salir al aire libre del fondo o del frente  de las casas cuyo diseño era similar al de una tira de chorizos.  

No eran calurosas esas casas chorizo porque tenían techos altos; pero igual se sentía el calor del verano, cuando hacía calor, hacía calor.

El mobiliario solía ser de madera oscura: Aparadores, mesas, sillas, escritorios, etc.  Los pisos se enceraban.

Ni en el baño, ni en la cocina  había agua caliente.  A menos que se calentara en una de las ollas.

En las camas, que podían ser metálicas o de madera, había elásticos, y se usaban colchones de lana.  

De vez en cuando venía otro profesional, el colchonero, que escardaba la lana de los colchones. 

En invierno, que era crudo, no como ahora en que debido al calentamiento global es casi una primavera, mucha gente  para dormir usaba en la cama una botella de ginebra vacía que llenaba con agua caliente y que servía para calentarse los pies.

Por lo general, a los que no nos gustaba usar guantes de lana o de cuero solían salirnos sabañones en los dedos de las manos, y de los pies.

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