RESTROPECTIVAS: EL TRANVÍA. Y MI QUERIDO BUENOS AIRES ANTIGUO.

En este tranvía (en aquellos tiempos lo llamábamos tranway), a veces siendo un niño en la primera mitad del siglo XX  yo viajé con mi Mamá desde Buenos Aires hasta mi ciudad natal Quilmes.

El trayecto duraba más de dos horas. 

Quizás tres a cuatro horas.

El tranvía que estaba pintado de amarillo llevaba un Motorman o conductor en la parte delantera, y atrás un Guarda que vendía los boletos del viaje.  Ambos vestían uniformes que creo recordar eran de color negro y llevaban  puesto un gorro.

Los boletos eran de papel y estaban numerados.  El  guarda tenía la máquina expendora de boletos a la altura de  su cintura.

Los chicos nos fijábamos si el número del boleto del pasaje era capicúa porque teníamos la creencia que el número capicúa o simétrico (Por ejemplo 123321, o 456654),  significaba que tendríamos suerte.

Mi Mamá pagaba; así que no sé el valor del pasaje.  Me parece que el viaje costaba cinco o diez centavos; pero es un parecer, y nada más. En ese entonces las monedas de menor valor, es decir las de un centavo o de dos eran de cobre.

Se accedía por la parte trasera, y se descendía por la delantera. 

El tranvía era bastante abierto, así que en invierno se sentía la ventolina y el frío; pero aquellos años no eran los actuales del aire acondicionado y de la calefacción y quien más, quien menos, todos estábamos acostumbrados a areglarnos solamente con nuestros abrigos, y a morirnos de f río.  Pero aquí estoy. Todavía.

Los asientos eran bastante incómodos porque eran de madera.

Cuando el tranvía  iba lleno, había gente parada en el corredor en el medio porque los asientos de dos plazas  estaban ubicados en los dos costados.

¿Qué hacían los pasajeros? Como los ventanales del tranvía eran grandes muchos miraban hacia la calle, otros trataban de mirar o de  leer una revista o el diario que conforme con la hora era el de la mañana o el de la tarde. 

El vehículo hacía bastante ruido al   rodar  por las vías  sin llantas. El sonido era como un rechinar que subía de tono al iniciar la marcha, y que bajaba al ir deteniéndose en las paradas.

La gente ascendía y bajaba en las paradas que se encontraban en mitad de la calle cada dos cuadras para lo que el pasajero  tocaba una soga que hacía sonar una campanilla que avisaba al chófer que alguien precisaba descender. 

Las paradas que me parece eran de cemento no tenían techo para que cuando llovía el pasajero que aguardaba que viniese el tranvía se mojara de lo lindo.

Es decir, que el tranvía se detenía cada dos cuadras a menos que no hubiese pasajeros que lo quisieran tomar ni que quisieran apearse i bajarse.

Funcionaba con electricidad provista por la empresa privada CADE.

Como en ese entonces casi todas las calles eran adoquinadas y algo desparejas muchos autos y bicicletas circulaban por las vías de tranvía obstáculizando su tránsito.

A veces, atropellaba a algún peatón imprudente, o chocaba con algún carro, pues aún en la ciudad no estaba prohíbida la circulación de vehículos a tracción animal.

El de la calle era un espectáculo bastante pintoresco porque se escuchaban las bocinas de los autos antiguos, y se oía a los vigilantes que desde garitas emplazadas en medio de la calle en las esquinas estaban encargados de dirigir el tránsito ayudados por un pito estridente que hacían sonar como si fuese carnaval.

Casi todas las calles eran de doble mano, y había obligación de tocar la bocina del auto antes de llegar a la esquina de manera que en las arterias concurridas del centro de la ciudad se oía una sinfonía discordante de bocinazos.

Los vigilantes o agentes de la policía vestían un uniforme azul, por lo general eran más gordos que flacos, y eran bastantes mandones. Si estaban de servicio se ponían en las mangas de los brazos un paño de color blanco. LLevaban en la cintura una cartuchera donde se suponía había una pistola calibre 45, y del otro lado del cuerpo, tenían un bastón de madera para poder golpear cuando fuese necesario.

Cuando se enojaban con algún conductor de auto (porque a los de los carros y a los caballos no los multaban), se bajaban de la garita con el talonario de boletas de multa,  y con cara de pocos amigos.

Por supuesto, los semáforos todavía no existían.

A continuación, y porque estoy un poquitín  nostálgico,  algunas fotografías del Buenos Aires del pasado acompañadas por la voz inolvidable del gran cantor  CARLOS GARDEL.

GARDEL canta su canción MI BUENOS AIRES QUERIDO.

Algunas de estas fotos ya son centenarias.

http://youtu.be/BtTuFqrsAWA

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