EL PATATÚS.

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¿Qué sabemos del patatús?

Grave pregunta. Que a veces me formulo en mis extraños momentos de reflexión.

La respuesta es…

Pues… es…

En otro momento daré la respuesta…

Pues créase o no:… ¡Me ha dado un patatús!

………………………………………………

………………………………………………

Un ataque repentino de no sé que… A Dios gracias, por mí mismo, me he repuesto.

¡Alabado sea yo! ¡Caso contrario, otro que no sea yo!

Volví de la muerte… Y heme de nuevo aquí, viviendo la vida tras la vida, luego de esta reciente experiencia – muy útil – para poder meditar profundamente sobre un tema de interés indudable para toda la humanidad.

Primero, seamos ordenados, y veamos qué se conoce de este mal.

Se dice que es una enfermedad común, y a la vez rara.

Común, porque le puede dar a cualquiera; rara, porque de hecho no le da a cualquiera. ¡Dios, qué galimatías!

Trataré de aclararlo…

No es que uno tenga que ser un predestinado para tener un patatús, sino más bien, un elegido por el azar, en fin… Uno tiene que ser… Bueno… ¡Uno! ¡Uno predestinado!

Está más confuso…

Pero es lo que hay.

Sigamos.

Muchas veces, este mal ha sido diagnosticado tanto a posteriori (“Le dio un patatús y se murió”), como a priori (“Cuidado que le puede dar un patatús”). Rara vez a tiempo.

A veces, la palabra patatús se lee publicada en las páginas de las revistas y de los diarios.

Pero a pesar de esta respetable entidad periodística, no figura en los tratados, ni siquiera en los libros de medicina.

Es una omisión imperdonable.

Pues la ciencia, oficialmente, y extraoficialmente si lo primero no le viene bien, debiera ocuparse de ella.

Ya que cualquiera de nosotros, en cualquier instante, en cualquier lugar, en el aire, en el agua, o en tierra está expuesto a padecer un patatús.

En especial en el último día de vida.

Antiguamente, me podía morir de un patatús. ¡Y a otra cosa! Nadie le daba mayor importancia.

_ ¿Por qué falleció Fulano?

_ Pues porque le dio un patatús.

_ ¡Pobre tipo! Pero con todo, no se puede quejar.

_ No, si no se queja, ya se acabaron sus días de penar.

_ ¡Ah! ¿Cómo? ¡Qué injusto! ¿No va a ir al infierno?

_ Yo que sé, supongo que sí como cualquiera…

_ ¡Vivió mucho, como cuarenta años!

 

_ ¡Sí! ¡Imagínese las que habrá hecho! Además, ya estaba viejo…

_ ¡Cuarenta años! ¡Ya quisiera yo vivir tanto!

 

………………………………………

Ahora no, en estos tiempos modernos no se puede morir por un patatús.

Si mis deudos ponen que me fui al otro mundo por un simple patatús, la autoridad no les dará el certificado de defunción. Y no podrán enterrarme, y tendrán que aguantarse el olor.

Finalmente, escribamos en definitiva que este mal por lo general de aparición repentina e impensable fue descubierto hace muchos años, tantos que ya nadie se acuerda de la fecha.

 

—&——

 

 

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