JUGUETES RESCATADOS DEL OLVIDO.

 TRENCIRCUITOEpígrafe:

“AUNQUE SUELE LA MEMORIA

MORIR A MANOS DEL TIEMPO

TAMBIÉN SUELE REVIVIR

A VISTA DE LOS OBJETOS”

Calderón de la Barca.

PUBLICACIÓN CORRESPONDIENTE AL SÁBADO 6 DE JUNIO DE 2009.

I.

Con los ojos de la memoria, he vuelto a ver a unos amigos mudos, olvidados por décadas en un cajón del ropero del alma.

La niñez suele ser un mundo habitado por los Tres Reyes Magos, la Cenicienta, El lobo feroz, otros personajes, y los juguetes.

Si no nos los obsequian, nos los fabricamos nosotros mismos. Todo sirve para jugar, o casi todo.

De niño, en una sombría mañana de invierno, me veo solitario en un patio trasero musgoso de mi casa paterna solamente acompañado por una tortuga.

Un chalet grande de un siniestro barrio residencial que poseía cinco espacios dedicados a jardines floridos, y a patios con macetas rojas y con verdes enredaderas.

Una tortuga no es un juguete. Y es poco interesante para un niño inquieto.

Un adulto no se da cuenta, cuánto alberga la mente de un niño, y hasta donde entiende intuitivamente cosas del mundo.

La tortuga se movía lentamente, solía esconder su cabeza dentro de su caparazón marrón. Yo le hablaba; pero no contestaba. Yo quería que hiciera algo, que comiera una hoja de lechuga, que tomara agua, y el bicho – sin duda, satisfecho – se negaba, juiciosamente.

Por otra parte, creo que este animal no era un buen estímulo para un cerebro infantil.

Me parece sentir en mi piel el frío destemplado de aquel patio al aire libre y helado sin frutilla. Y ahora estoy tiritando porque veo con la memoria que se ha ido el sol mortecino detrás de unas nubes borrascosas.

Pienso en lo importante que es, que el cerebro de un niño pequeño encuentre abundantes y adecuados estímulos. Por ejemplo en su ambiente, en su familia, en su entorno, pues está en la etapa del aprendizaje.

El pequeño debe experimentar, y cuanto más, quizás mejor.

En los días de lluvia yo solía jugar dentro de una cálida habitación sobre el piso de madera encerada. Armaba las vías de lata, en mi imaginación simil plata, para que por ellas circulara una locomotora a cuerda. Que penosamente arrastraba un furgón, y tres vagones. Una de las vías poseía un desvío que podía accionar con una palanca. Si no lo desviaba a tiempo, el tren descarrilaba, y el descarrilamiento constituía el final del juego.

Y sucedía una, y otra vez. Era monótono, por cierto. Él que le ponía algo de cambio imaginativo, era aquel niño que era yo. O quizás desde el patio el numen de la tortuga.

(CONTINÚA)

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PUBLICACIÓN ANTICIPADA CORRESPONDIENTE AL DOMINGO 7 JUNIO DE 2009.

II.

soldado

 

Los varones jugábamos a la guerra con los hoy en día prohibidos soldados, caballitos, cañones de plomo.

El plomo dicen que puede dañar los riñones, pero en aquellos años no, porque nadie lo sabía… Y los soldados, como eran chiquitos, fueron secretamente baboseados, mordidos, y roídos por mi, y quién sabe por cuantos otros miles y miles de chicos.

Pero eran juguetes bélicos, y se consideraban apropiados para los varones.

Recuerdo que poseía un barco de guerra, una supuesta réplica del crucero de guerra La Argentina. Otros juguetes “educativos” que tuve fueron: unas escopetas, unos revólveres, y unas pistolas de agua.

Sin embargo, acá estoy, alejado de la vida en la milicia. Y del delito excepto como víctima.

En definitiva, aprendemos aquello que necesitamos aprender, no cualquier cosa. Uno es lo que debe ser, o no es nada, como dijo José de San Martín. De poco sirvieron los soldados, los barcos, y los cañones, pues en la etapa juvenil, cuando tuve que resolver, no quise ser militar.

A pesar de tanto jugar con el tren, tampoco jamás se me pasó por la cabeza ser ferroviario. Menos de grande, me gustó cabalgar caballos, ni montar en bicicletas, ni ser bicicletero.

En ciertos barrios de la ciudad, todavía era posible andar por las calles adoquinadas de aquellos años. Como dijo un personaje de Labiche, solamente Dios, por ese entonces podía matar a un semejante. Ya no es así, hay delincuentes. Hoy la calle de Buenos Aires es peligrosa para chicos, para grandes, para ancianos.

El tránsito de vehículos era muy escaso, debido a que en ese entonces no se fabricaban autos. Tampoco se importaban.

¿Quién entiende a nuestro país? Nadie. Ni nosotros mismos.

(CONTINÚA).

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PUBLICACIÓN ANTICIPADA CORRESPONDIENTE AL LUNES 8 DE JUNIO DE 2009.

Bicicleta_paseo_Musseta_barranquera_roja_1178913121_grande

Me acuerdo de un monopatín, con el que me di unos porrazos. El triciclo fue más amigable.

Todos estos juguetes, y sin duda algunos otros de los que no me acuerdo, me acompañaron hasta que la Naturaleza, sin decirlo en voz alta, en baja musitó: Ya, suficiente.

Y de niño a secas y secante, sin darme cuenta debo haber pasado a ser un grande.

Y los juguetes fueron reemplazados por conversaciones, libros, películas, música pertenecientes a la vida social del adulto.

Aquellos compañeros de tantas horas aburridas quedaron abandonados definitivamente, olvidados en el desván de los recuerdos perdidos, de donde hoy logré rescatar a unos pocos.

Como todos, o como casi todos los seres humanos, del interés pasé a la indiferencia total por ellos.

Creo que hay otra vida que sigue a la presente. Es tan sólo una creencia.

Cabe la duda… Cabe la fe, también.

Algunos, tenemos una esperanza de algo mejor, pero al mismo tiempo albergamos temor de que con nuestras acciones y omisiones podamos descender a algo peor. Nos han inculcado el miedo a nosotros mismos.

Entonces, dejen que les diga: Se me ocurre, que cuando morimos, sufrimos un cambio análogo al del tránsito que ya vivimos de la niñez a la vida del adulto.

Y los juguetes con que jugamos esta vida, que nos preocupan, que nos ocupan, a su vez creo que pueden quedar más o menos olvidados.

Pueden llegar a ser reemplazados por otros más atractivos. Que supongo que en ese estado espiritual nos pueden llegar a apetecer considerablemente más.

Creo que lo que nos pasó ya con aquellos viejos juguetes abandonados, nos puede volver a pasar con los juguetes prosaicos de nuestras poéticas vidas, o según se vea, viceversa, con los juguetes poéticos de nuestras prosaicas vidas.

FIN.

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